En Atenas, Grecia, está el Partenón. Templo dedicado a la diosa Atenea, construido en los lejanos años 447 y 438 a.C., para albergar la enorme estatua de esta diosa, de 12 metros de altura y elaborada por Fidias con oro y marfil.

Hasta ahí todo iba bien, esplendoroso a todo lo que daba, con 70 metros de largo y 30 de ancho, rodeado de columnas y más de 300 figuras en el friso. Pero en los años 1208 a 1258 fue transformado en una iglesia bizantina, para después ser convertido en una mezquita. En 1687, los turcos lo utilizaron como polvorín y, ¡zaz!, hubo explosiones. ¿Podría pasarle más? Sí, por 1801 los ingleses se llevaron gran parte de los detalles decorativos (si quieres verlos están en el Museo Británico, en Londres). Ah, y no podría faltar, también sufrió un fuerte terremoto en 1894… ¡Ya basta!

Ahora se puede visitar y notar que está en constante mantenimiento y conservación. Y, la verdad, vale la pena.